Las palabras no se quedan quietas. Nacen con un significado y, con el tiempo, mutan, se deforman, se ensucian o se ennoblecen. Lo que ayer fue sagrado hoy puede sonar vulgar, y lo que empezó como insulto mañana se usará de piropo.
La palabra es como un río: nunca lleva la misma agua, aunque siga llamándose igual. “Villano” fue en su origen el que vivía en una villa, un campesino. Hoy es el malo de la película. “Compasión” fue una de las virtudes más altas, ahora muchos la confunden con lástima. Hasta “amigo” se desgasta en las redes sociales, convertido en un clic sin compromiso.
La metamorfosis de la palabra revela la metamorfosis de la sociedad. Lo que antes venerábamos, hoy lo ridiculizamos. Lo que antes ocultábamos, hoy lo gritamos. Cada giro del lenguaje es un espejo de nuestra decadencia o de nuestro progreso.
Tomemos “caballero”. Durante siglos fue el ideal de nobleza, valor y cortesía. Hoy puede sonar a chiste o a sarcasmo: “muy caballero él”. Y sin embargo, detrás sigue latiendo la idea de que la educación distingue al que se eleva del que se arrastra.
O “puta”. Una palabra que durante siglos se usó para lapidar a mujeres, hoy algunas la han tomado como estandarte, resignificada, reconvertida en bandera, parece una aberración pero existe el orgullo de ser puta, no me refiero a una meretriz orgullosa de su profesión ni a nadie que defienda una opción de vida, me refiero a mujeres aleatorias defendiendo su orgullo de vivir sumidas en la lujuria. ojo que no estoy reprimiendo ni escandalizándome o recriminando, solo doy fe de la existencia de una sensibilidad diferente en el lenguaje. Las palabras cambian porque cambian las bocas que las pronuncian.
Lo más curioso es que, cuando una palabra cambia de piel, muy pocos se acuerdan de su forma original. Pocos saben que “idiota” significaba simplemente “particular, privado”, alguien que no participaba en los asuntos públicos. Hoy llamamos idiota al que no entiende nada. ¿Quién es más idiota entonces: el que ignora el pasado de la palabra, o el que la arrastra por inercia sin saber de dónde viene?
Las palabras tienen memoria aunque nosotros las olvidemos. Cada sílaba lleva cicatrices de lo que fue. Y si uno se toma la molestia de escarbar, descubre que no hablamos solo con nuestro presente, sino con todas las bocas que nos precedieron.
La evolución de la palabra no es neutra. Puede elevarnos o degradarnos. Puede recordarnos que venimos de algo más alto, o empujarnos hacia un lodazal de ruido vacío. La elección no es de la palabra, es nuestra.
Porque al final, la palabra no evoluciona sola: la llevamos nosotros. Y quizá la pregunta sea esta:
si dejamos que las palabras se pudran en nuestras bocas, ¿Qué nos dice eso de la evolución de quienes las pronunciamos?
El lenguaje siempre esta vivo , evoluciona y cambia pero eso no nos exime de recordarlo, bien al contrario somos sus custodios.

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