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“¡la madre que te parió!”

 Decimos “¡la madre que te parió!” como insulto. Lo soltamos en caliente, con rabia. Pero si lo piensas un segundo, no hay nada más exacto: todos venimos de ahí, de una madre que nos parió. Aunque luego nos olvidemos, aunque la frase suene a reproche, en realidad es una verdad universal.
La madre que te parió te llevo nueve meses. La madre que te parió seguramente pasó hambre, miedo, cansancio, dolores que no caben en ninguna queja moderna. La madre que te parió sabía que traer un hijo al mundo no era un paseo, sino una apuesta. Y aun así lo hizo.
Lo curioso es que olvidamos el origen de la frase. “La madre que te parió” no nació como insulto. Fue, en sus primeras apariciones, una mención a la más célebre de todas las madres: María. Ella parió al más célebre de los hijos y, aun así, permaneció virgen. Con el tiempo, lo sagrado se volvió coloquial, y lo coloquial acabó degradado en insulto. Pero la raíz no cambia: detrás de cada uno de nosotros hay una madre, y detrás de la historia, una Madre con mayúscula.
Por eso yo mismo no lo utilizo con ánimo de ofensa. Al contrario: cualquiera que logre algo digno, cualquiera que demuestre ingenio o grandeza, merece que se celebre a la madre que lo trajo al mundo.
El insulto dice “la madre que te parió” como reproche, pero en realidad es una deuda. La deuda más grande: la de existir.
Así que la pregunta es: si hasta una simple frase popular recuerda el milagro de la vida… ¿Qué excusa tienen los que lo olvidan cada día?


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