Cedo la palabra hoy en aullidos a la luna a Ricardo D.M. que nos quiere hablar de lo complicado de ser padres en estos tiempos de zozobra e incertidumbre.
Como padres y madres, vivimos un momento de cambio profundo en la estructura de la sociedad. Un cambio que atraviesa la educación, la cultura, la economía y la forma misma en la que se organiza la vida familiar. La familia sigue siendo la célula básica de la sociedad, el lugar donde se transmiten valores, experiencias y referentes. Sin embargo, el contexto actual plantea retos que están transformando profundamente ese papel.
El ritmo vertiginoso de la vida moderna y el creciente coste de vida han empujado a ambos progenitores a dedicar la mayor parte de su tiempo al trabajo. El resultado es una sociedad que dispone de menos tiempo para educar, acompañar y construir vínculos sólidos con sus hijos. No se trata de idealizar modelos del pasado ni de defender roles predefinidos entre hombres y mujeres, sino de reconocer que el sistema actual exige cada vez más a los adultos mientras deja cada vez menos espacio para ejercer plenamente la paternidad y la maternidad.
A esta presión estructural se suman dinámicas sociales y políticas que, en muchos casos, han debilitado la figura del adulto como referente. Padres y madres ven cómo su autoridad, su experiencia y su papel como guías se diluyen en medio de discursos contradictorios y cambios culturales acelerados. Esto genera una creciente disonancia generacional: no solo una diferencia natural de ideas entre jóvenes y adultos, sino una desconexión profunda entre valores, motivaciones, realidades y formas de comunicarse.
Mientras tanto, los menores y adolescentes crecen en un entorno radicalmente distinto al de generaciones anteriores. Internet, las redes sociales y el acceso permanente a contenidos han creado un ecosistema donde la atención se captura mediante estímulos constantes. Los jóvenes se enfrentan a comparaciones permanentes, a modelos de éxito instantáneo, a presiones sociales invisibles y a una exposición temprana a contenidos para los que, en muchos casos, aún no están preparados.
En este contexto, un niño debería tener la oportunidad de crecer de manera natural: equivocarse, afrontar retos, enfrentarse a sus miedos y aprender a superarlos con esfuerzo propio. No a golpe de clics, de “likes” ni de la comparación constante con vidas ajenas convertidas en espectáculo. La infancia y la adolescencia necesitan tiempo, límites, acompañamiento y presencia real.
Ser padre o madre no significa evitar todos los obstáculos a nuestros hijos, sino estar presentes para ayudarles a levantarse, para orientarles y para dar ejemplo. Significa ofrecerles algo que ninguna tecnología puede sustituir: memoria, experiencia, criterio y testimonio de vida.
Hoy más que nunca, la sociedad necesita recuperar el valor del papel adulto. Los mayores no deberían ser vistos como una carga o como voces irrelevantes, sino como puentes entre generaciones. Puentes que transmiten historia, valores, aprendizaje y perspectiva.
Porque, en última instancia, el futuro de una sociedad no depende solo de lo que enseñen las escuelas o de lo que dicten las tendencias, sino de la capacidad de los adultos para acompañar a los más jóvenes, ofrecerles raíces y ayudarles a construir alas.

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